Aparte de que son esplendorosas, no sé nada sobre orquídeas y preferiría no decir cuánto tiempo guardé la idea equivocada de que las únicas orquídeas existentes eran las que venían encerradas en una caja con cubierta abombada de plástico transparente y se entregaban a una dama en ocasiones extraordinarias: una graduación, un baile de gala. Si dadas las circunstancias, alguien en casa recibía una sin que hubiese un evento en el cual pudiera lucirse prendida en el pecho, iba a parar al refrigerador con todo y caja a fin de prolongar su vida y éste se abría más que de costumbre sólo para contemplarla. Con el tiempo me vino a la mente una señora que, aislada en un campamento minero, dedicó su tiempo a la jardinería y, entre sus plantas, en huacales colgados de los árboles, cuidaba unas orquídeas miniatura que a mi me parecieron algo del otro mundo. Mas tiempo me llevó tiempo enterarme de que el líquido negro que usaba a cucharaditas en los pasteles provenía de una orquídea y otro tanto, saber que la procedencia de éste era papanteca.
Así agregamos puntos a los encantos de Veracruz, que cuenta con una diversidad de orquídeas silvestres en sus bosques y selvas. No hay necesidad de adentrarse en éstos; el visitante que llega a Coatepec, San Marcos o Xico a finales de la primavera no podrá sustraer la vista a explosiones de amarillo procedentes del jardín interior de una casona colonial, o incluyendo a Xalapa, en una calle cualquiera, una vuelta a la esquina y ya se vislumbran racimos cuajados de diminutas orquídeas amarillas, que iluminan el balcón del que penden, el patio en el que viven, el árbol del que sobresalen. Alguien con ojo avisor, descubrirá otras mas, diferentes en color y tamaño que compiten en belleza.
Abrirse al mundo de las orquídeas es un viaje sin fin. De acuerdo a un artículo de la revista “Natural History”, hay 30 000 especies sólo en su entorno natural; y las híbridas (especies creadas por los horticultores artificialmente), se cuentan en miles de decenas.
Los británicos han gozado fama de naturalistas y colectores en grado exagerado. Su obsesión rayó en locura durante la época victoriana cuando las orquídeas se pusieron de moda. Los nobles y los burgueses enviaban expediciones para colectar plantas exóticas a todas partes del mundo; y los viveristas sacaron provecho de dicha locura para empezar negocios de orquídeas tropicales. Estos últimos dependían completamente de los cazadores de orquídeas, pues hasta ese momento nadie tenía experiencia en el cultivo de las mismas. En su libro “Ladrón de orquídeas” la autora, Susan Orleáns, usa todo un capítulo para mostrar el grado de competitividad al que estos europeos (también los franceses se contaban en esta manía colectora) eran capaces de llegar: Los cazadores debían ser tan fuertes como cazadores de animales y tan resistentes como soldados pues tendrían que adentrarse en selvas y lugares inhóspitos, desde la selva tropical hasta las faldas del Himalaya. La competencia se continuaba entre los cazadores, espiándose y boicoteándose entre sí: “odiando a tal grado que el otro “competidor” encontrara plantas, que después de colectar, quemaban el sitio en caso de que a ellos se les hubiera escapado alguna.” La cacería de orquídeas llegó a ser una ocupación mortal y el principio del capítulo enumera una larga lista de cazadores que perdieron la vida: ahogados en el Orinoco, desaparecidos en algún lugar de Asia o Centroamérica, inclusive asesinados o muertos a causa de alguna enfermedad tropical. Pero la cacería no se suspendió. Los viveristas construyeron invernaderos más grandes y más sofisticados para albergar a las orquídeas de Brasil, México, Filipinas, o cualquier otro sitio exótico y llamativo para los colectores y viveristas y finalmente aprendieron a reproducirlas en casa.
En tiempos modernos, la obsesión continúa, tal vez sin riesgo de la propia vida, pero un aficionado empieza con un ligero enamoramiento para prendarse de ellas indefinidamente. Hace tiempo consideré que con una docena de orquídeas diferentes tenía una interesante colección, cuando llegó una joven señora y me dijo que ella tenía más de cien. En Xalapa y sus alrededores se tropieza uno con orquídeas al salir a la calle, lucen en macetas de los balcones, ayer mismo me encontré unas sobresaliendo de una azotea, parecía que se cuidaran solas, al igual que la brassia verrucosa, comúnmente llamados “grillos”, en los bosques (aún existentes alrededor de Rancho Viejo), o al doblar la esquina, en el puesto improvisado cerca del mercado donde los marchantes ofrecen desde nopales y rabanitos hasta orquídeas de temporada. Recientemente estuve en un taller para cultivo de orquídeas, en él, un participante mencionó, que en regiones veracruzanas, el aficionado las tiene en una división muy peculiar, “las corrientes” y las “finas” refiriéndose a que una orquídea que por el sólo hecho de prosperar en los bosques sin ayuda, es “corriente”, formando jerarquías y recordé que se ha nombrado a las orquídeas como la aristocracia de las plantas.
La obsesión por colectar está aún presente y las orquídeas se suman a las especies en peligro de extinción, una, porque al crecer en las selvas y bosques sufren la deforestación, otra, porque algunos colectores, con tal de obtener la orquídea que crece en lo alto, tiran el árbol, matando así la casa en la que se propaga la especie.
Para cuidar estas bellezas, se necesita buena mano o “dedos verdes”, como carezco de esto, me resigno a contemplarlas en exhibiciones, ya sean las “finas” de la asociación de orquídeas o en los bosques donde sé dónde y cuándo las voy a ver florecer y les doy crédito a las “corrientes” como canelitas, grillos, pulpos y manuelitos y las laelias o lirios de todos santos y admiro su entereza porque son capaces de florear a pesar de mis descuidos.
Recomiendo a todo aquel que pueda, leer el libro de Susan Orleáns “Ladrón de orquídeas” (que no tiene nada que ver con la película excepto el personaje de Florida que enloquece por las orquídeas y la localidad donde buscan a la polyrrhiza lindenii) en especial el capítulo 5 “A mortal occupation”. Y por supuesto una visita al jardín botánico Clavijero, en Xalapa, donde, en la entrada, en verano, siempre tienen alguna orquídea en flor en exhibición aparte de las que se descubran en el recorrido al bosque.
* Es una colaboración de Victoria Vovides
Rancho Viejo
Junio de 2007
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