Un 10 de marzo de cualquier año reciente, cuando soplaba un viento fuerte en la ciudad de México, Irma, jefa del departamento de ropa infantil del Liverpool de Perisur, se encontró a las 17:30 con Marianita, mujer de 60 años de edad, afanadora en los baños de mujeres de la misma tienda departamental. Irma, apenas 36 años cumplidos, le ofreció un aventón en su auto ya que ambas viven por el mismo rumbo, por Copilco, frente al Superama.
El tránsito en Insurgentes estaba pesadísimo, los vehículos invasores iban a vuelta de rueda. Antes de llegar a Rectoría, Irma decidió virar a la derecha para ir por dentro de CU, pero allí la cosa estaba igual o peor. A la altura de la alberca universitaria, Marianita, de quien se dice que siempre ha sido una persona muy diligente, prefirió bajarse y caminar porque no soportó la tiranía del abigarrado e indolente tránsito.
Y así, a pesar de que, después de seis horas de trabajo, le dolían las piernas y los pies, se dio a recorrer paso a paso la distancia entre la alberca de CU y Copilco. Atravesó
Pero hete aquí que en Las Islas había decenas de muchachos izando y tratando de izar multicolores cometas. Ella levantó la vista y quedó maravillada. En el cielo, a esas horas de un azul luminoso, insólito en el De Efe, danzaban, revoloteaban, hacían mil piruetas dragones, tortugas, rombos, círculos, mariposas y otras inverosímiles y ligeras formas hechas de papel de china. Algunas ya habían escapado de las manos de sus dueños y, según ella, estaban, aún visibles, más cerca de Dios que de Las Islas.
Por supuesto, Marianita a duras penas, tardó en llegar a su hogar más de media hora; pero la noche de ese 10 de marzo ella concilió deleitosamente su sueño, un sueño azul floreado de cometas que Irma, aprisionada en su Chevy, no tuvo oportunidad ni siquiera de imaginar.
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